01 junio, 2007

La fuerza de la tradición de la cultura impresa en las escuelas

Hace unas semanas, desde la revista AULA DE INNOVACIÓN EDUCATIVA, me pidieron escribir un artículo sobre los medios impresos y los digitales en el ámbito escolar para un número cuyo tema central son los "materiales curriculares" y que será publicado dentro de pocas semanas. Ayer envié dicho artículo titulado De la escuela de la cultura impresa a la escuela de la cultura digital. A continuación les muestro los primeros párrafos con los que inicio dicho artículo y en el que reflexiono porqué la institución escolar está íntimamente vinculada con los materiales impresos y porqué es resistente a la entrada de las nuevas tecnologías en las aulas.
La cultura impresa siempre ha sido la seña de identidad de la cultura escolar. Para los docentes, que somos adultos de mediana edad, el recuerdo de nuestra infancia y de nuestra experiencia escolar está vinculado a los libros y a las múltiples sensaciones que le acompañaban. El olor a imprenta del manual recién comprado de principio de curso, el colorido de las ilustraciones que se insertaban entre los textos escritos, la lectura tediosa y en silencio en clase en los días de lluvia, la repetición solitaria, a modo de mantra, de palabras, frases, fórmulas o fechas intentando memorizarlas para un examen, el copiado de ejercicios que escribíamos sobre un cuaderno intentando que fuera con buena letra y sin notorias manchas de tinta, ... son parte de la memoria de nuestra experiencia de la infancia y adolescencia. El tiempo escolar para nosotros fue el tiempo de los libros de texto, de las fichas de ejercicios, de las libretas y cuadernos, de los mapas, de los cómics, de los diccionarios, las enciclopedias y otros materiales en papel.

La época del material impreso como único o casi exclusivo material escolar ha terminado, o al menos, su cuenta atrás ya ha comenzado. Los signos o evidencias del fin de este monopolio son muy visibles en los ámbitos del hogar, del ocio o del tiempo libre de los escolares. El alumnado de Educación Primaria o ESO siente más como propio y próximo una máquina electrónica de juegos que una novela, pasa más tiempo ante una pantalla -sea de televisión o de ordenador- que ante la páginas impresas de un libro.

Por otra parte, llevamos casi dos décadas de programas y proyectos institucionales impulsados desde las distintas administraciones tanto del MEC como de las Consejerías de Educación Autonómicas en la que se ha avanzado notablemente en incrementar el número de máquinas, recursos tecnológicos y conexión a Internet en los centros educativos y en proporcionar al profesorado numerosos y variados cursos formativos en el uso de las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Asimismo, existe una conciencia clara en todos los agentes educativos (profesorado, expertos, familias, administradores) de la necesidad de adaptar el conocimiento escolar a las características de la sociedad de la información y a utilizar pedagógicamente las TICs (Tecnologías de la Información y Comunicación) en el sistema educativo al igual que ocurre en el resto de sectores sociales. Otro dato relevante es que la última reforma del curriculum escolar español, consecuencia de la LOE (Ley Orgánica de la Educación) ha incorporado a la Educación Primaria y Secundaria Obligatoria una competencia básica y transversal denominada Tratamiento de la información y competencia digital.
Todos estos fenómenos a los que nos referimos indican que algo está empezando a cambiar en la escuela, y que esa imagen decimonónica y tradicional del aula basada en la pizarra, el pupitre y el texto escolar ha comenzado a ser cuestionada. Sin embargo, otros muchos datos derivados de estudios e informes realizados sobre nuestro sistema escolar evidencian que la entrada de los ordenadores en las escuelas es un proceso que se desarrolla más lentamente que en el resto de la sociedad y su uso didáctico o normalización pedagógica en las aulas no está suficientemente generalizado. Hay ordenadores en los centros, pero su utilización cotidiana en las prácticas de enseñanza aún es notoriamente insuficiente.

Tradicionalmente, la institución escolar siempre ha sido resistente, por no decir, que refractaria con la incorporación de tecnologías que no fueran impresas. Pasó hace años con los audiovisuales y hoy en día sucede algo parecido con los ordenadores. ¿Por qué esta resistencia de la escuela a las nuevas tecnologías, cuando sabe que es inevitable la necesidad de las mismas? ¿Por qué en la mayor parte de las aulas del sistema escolar de nuestro país se enseña con materiales impresos, siendo esporádico y puntual el empleo de los medios digitales?. La respuesta evidentemente es compleja, pero considero que hunde sus raíces en la historia del propio sistema escolar.

El monopolio del papel impreso en los procesos de enseñanza comenzó hace casi doscientos años con el nacimiento de la escuela como institución reglada social y gubernamentalmente. Fue, pues, con la institucionalización de la enseñanza en masa abordada por los estados modernos europeos, el momento en el que surgió la necesidad de disponer de un conjunto de medios y materiales que permitieran poner en práctica dos funciones pedagógicas básicas: facilitar, por una parte, el desarrollo de las actividades didácticas en el aula, y por otra, sistematizar y transmitir el conocimiento al alumnado. La enseñanza a gran escala necesitó de recursos pedagógicos que permitieran por una parte, controlar las actividades de aprendizaje de un grupo más o menos numeroso de alumnos con un único docente, y por otra, establecer con claridad qué es lo que había que aprender. Por ello el material didáctico impreso, y específicamente el texto o manual escolar, se convirtió en el eje vertebrador de gran parte de las acciones de enseñanza y aprendizaje en cualquiera de los niveles de enseñanza.

Por otra parte es necesario recordar que el libro impreso a lo largo de los siglos XIX y XX ha representado el canon de referencia cultural por lo que la institución escolar, desde que se creó, siempre ha pretendido transmitir a las generaciones jóvenes lo que pudiera denominarse como “cultura canónica” o legitimada oficialmente. Es decir, la función del material curircular fue presentar a los estudiantes la cultura seleccionada, filtrada a través de un código culto como es el discurso textual. Acceder al conocimiento que estaba en los textos impresos era un requisito o competencia clave y fundamental para seguir aprendiendo y promocionándose dentro del sistema educativo. Por ello el libro de texto para la escuela, a lo largo de estos dos últimos siglos ha representado:
· el referente simbólico de la cultura canónica y legitimada socialmente
· el objeto sobre el que construir y justificar la necesidad de la alfabetización en la escuela
· el depósito o continente del saber y del conocimiento que debía ser aprendido
· el estructurador y organizador de la actividad educativa en el aula

En definitiva, el aprendizaje escolar ha sido fundamentalmente un proceso de inmersión y dominio de los códigos y formas culturales vehiculadas a través de papel impreso, y particularmente con el dominio de los sistemas de símbolos de la lectoescritura. Esta seña de identidad cultural decimonónica ha acompañado a la institución escolar hasta el presente e inevitablemente condiciona, constriñe y dificulta el necesario proceso de reformulación de un nuevo modelo educativo adaptado a las características socioculturales del siglo XXI.